El contexto lo exige: desde hace mucho tiempo en Venezuela se piden espacios para el encuentro, el diálogo y el reconocimiento. Pero también justicia y respeto a los derechos humanos para todos y todas. Ahora, desde el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez se ha convocado el llamado "Programa para la Paz y la Convivencia Democrática", mirado con recelo, desconfianza y rechazo por amplios sectores, básicamente porque esto no se hace desde la compatibilidad de responder por los tantos casos de violación de derechos humanos que se siguen tapando y dejando a un lado, sin reconocimiento, responsabilización ni reparación.
En un contexto de amplia polarización, si abrimos un espacio para el encuentro, el potencial transformador dependerá de su capacidad para ir más allá de un enfoque institucional y construir una verdadera infraestructura relacional que conecte actores en múltiples niveles. Sin una articulación genuina con las demandas de derechos humanos —especialmente en términos de verdad, justicia y reconocimiento de las víctimas— el programa corre el riesgo de promover una convivencia superficial que estabiliza el conflicto sin transformarlo.
A esta tensión entre convivencia y derechos humanos, J. P. Lederach (experto en temas de construcción de paz) la llama "la tensión necesaria para producir transformación real". No son dos agendas que compiten: son dos dimensiones que se necesitan mutuamente. La convivencia sin derechos humanos produce adaptación al conflicto, no superación del mismo. Y los derechos humanos sin convivencia producen exigencia sin tejido social que la sostenga. El reto no es elegir entre ellas, sino encontrar los puntos donde se tensionan y se alimentan al mismo tiempo.
Lo que los datos no pueden ignorar
La Ley de Amnistía aprobada en febrero de 2026 (que ya fue derogada), la persistencia de más de 457 presos políticos documentados por Foro Penal, la pobreza multidimensional que afecta al 55% de la población según la ENCOVI 2025, y la criminalización de defensores de derechos humanos registrada por PROVEA, no son datos externos al debate sobre la convivencia: son su condición de posibilidad. Un programa de paz que no los interpela no está evitando la política: está haciendo una elección política muy concreta.
Lo que tendría que ser distinto —y quién puede empujarlo
La pregunta más honesta no es si este programa sirve o no. Es qué tendría que cambiar para que algo así pudiera ser genuino, y quién tiene agencia real para empujar en esa dirección.
Lederach señala que la transformación de conflictos profundos no ocurre desde el centro del poder sino desde los actores del nivel medio: organizaciones sociales, comunidades, defensores, redes de base. Son ellos quienes sostienen la paradoja —participar sin legitimar, exigir sin abandonar la mesa— y quienes pueden convertir un espacio capturado en un espacio en disputa.
Eso requiere algunas condiciones que no son requisitos previos sino movimientos simultáneos dentro del proceso: que la verdad no sea postergada sino parte del diálogo desde el inicio; que la convivencia no se construya sobre el silencio de las víctimas sino sobre su reconocimiento; que los espacios de encuentro no reproduzcan la verticalidad del poder, sino que la interrumpan. No como utopía, sino como criterio de evaluación permanente de lo que está ocurriendo.
Venezuela tiene una larga historia de personas que han sostenido esa tensión con enorme costo personal. El programa dice convocarlas —dice abrirle las puertas a todos los sectores. La pregunta no es si están invitadas: es en qué condiciones participan, con qué poder real de incidencia y con qué garantías de que lo que se diga dentro produzca consecuencias afuera. Esa diferencia —entre ser convocado y tener agencia real— es precisamente lo que puede transformar una ventana de legitimación en una oportunidad genuina.
Construir paz en contextos de conflicto profundo nunca es lineal ni rápido. Lederach nos recuerda que la transformación real se teje en el tiempo, con paciencia estratégica, y que incluso los espacios imperfectos pueden convertirse en puntos de entrada si hay actores comprometidos que los habiten con intención. Estos diálogos, por limitados que sean, son pequeñas ventanas: no garantizan la paz, pero pueden ser el lugar donde empieza a tomarse forma. La paz merece ese esfuerzo —el de no abandonar la tensión, el de no conformarse con la convivencia sin justicia, y el de seguir creyendo que otro tejido social es posible en Venezuela.
Un programa que no produce movimiento en ninguna condición mínima de paz estructural, mientras mantiene intactos los mecanismos de represión, no es una ventana de oportunidad — es una ventana de legitimación.