Educación y acompañamiento16 ene 2026

¿Qué tipo de paz estamos construyendo?

Sabemos que la palabra paz es uno de los conceptos que mayor consenso genera a nivel mundial: se asocia con algo positivo, necesario y deseable. Sin embargo, cuando intentamos definirla o pensar en cómo alcanzarla, descubrimos que no siempre partimos de un lugar común.

La paz es un concepto complejo y, precisamente por ello, merece una reflexión profunda que evite miradas simplistas o superficiales. Necesitamos que la paz sea mejor comprendida y enseñada, incorporando sus distintos matices, enfoques y tipos.

Seguramente has escuchado hablar de Martin Luther King Jr., uno de los principales referentes de la lucha por los derechos civiles y sociales del siglo pasado, o de Mahatma Gandhi, cuya estrategia de acción noviolenta fue clave para enfrentar la dominación del Imperio británico en la India. Aunque sus contextos y causas fueron distintos, ambos compartían un mismo horizonte: la paz como fin último.

Al igual que ellos, muchas otras mujeres y activistas a lo largo de la historia han trabajado por la paz desde diferentes caminos y herramientas, pero siempre desde el movimiento, la acción, la estrategia y la transformación. A esta forma de entender y construir la paz la llamamos paz positiva.

No obstante, para muchas personas la paz suele asociarse al silencio cómplice, la pasividad o la conformidad. Esta visión, que evita el conflicto y oculta las injusticias, es lo que conocemos como paz negativa.

Ambos tipos de paz están presentes en nuestras sociedades. A pesar de los esfuerzos de quienes trabajan por construir paz desde un enfoque positivo, muchas políticas públicas y narrativas sociales continúan privilegiando una paz aparente, que simula que todo está bien o que disimula las causas estructurales de los problemas.

La acción noviolenta cobra aquí un papel central, ya que busca ir a la raíz de la violencia estructural para alcanzar la justicia, transformar positivamente el conflicto y convertirlo en una oportunidad de cambio. Todo ello parte de un principio fundamental: la coherencia entre los fines que se persiguen y los medios que se utilizan.

Busquemos en nuestro entorno a personas que practiquen la acción noviolenta en su vida cotidiana y abramos espacios de diálogo reflexivo. Solo así podremos pensar, de manera colectiva, cómo mejorar nuestro entorno desde el enfoque de la paz positiva y avanzar hacia un modelo de sociedad capaz de transformar los conflictos y alcanzar la justicia plena para todas y todos.